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Vacunas y VPH

El virus del papiloma humano (VPH) está de moda. Las compañías farmacéuticas han diseñado dos vacunas para prevenir el contagio, algunos médicos inopinados han actuado como vectores y algunos servicios de salud en el mundo, entre ellos el del Distrito Federal, se han sometido a los dictados de las farmacéuticas. Al lado cabalga la madre publicidad que sabe cuáles son los caminos y quiénes las víctimas. Las campañas publicitarias actuales, por medio de sus vastas patrañas, me regresan a uno de los episodios más bellos en la historia de la medicina.
Cuando se descubrió la primera vacuna contra la poliomielitis, el periodista Edward R. Murrow preguntó, en 1955, a Jonas Salk: “¿A quién le pertenece la patente de la vacuna?”, a lo cual el científico respondió: “Yo diría que a los seres humanos. No hay patente. ¿Podría usted patentar el sol?” La respuesta es, por supuesto, todo un tratado de ética. En contraposición a esa historia, destaco la ética de algunas compañías farmacéuticas.
En marzo de 2009 fue retirada de México la publicidad de la empresa GlaxoSmithKline, que promovía las bondades de su vacuna Cervarix contra el VPH. Decían los dueños de la farmacéutica: “Hija, si estás viendo este video es que no sobreviví al cáncer cérvico uterino”, sentencia una voz herrumbrosa, triste; el rostro, aunque compungido, no se llena de lágrimas. “Para ti y para otras mujeres ya hay esperanza”, susurra mientras otra voz en off exalta las bondades de la vacuna para prevenir el cáncer de cuello del útero.
Aunque el anuncio fue retirado por engañoso, la Secretaría de Salud debería levantar un juicio que cuestione las verdades del mensaje; asimismo, confieso que me encantaría saber si esta publicidad también se llevó a cabo en los países desarrollados.
El quid del asunto es simple: no se conoce con certeza cuáles serán los alcances de la vacunación. Se sabe que previene la aparición de lesiones precancerosas, pero se ignora si evitarán, como reza la propaganda, el desarrollo de carcinomas; de acuerdo con los estudios disponibles habrá que aguardar entre 25 y 30 años para saber si disminuyen el riesgo de cáncer.
Las razones de las farmacéuticas son groseramente simples: las vacunas producen ganancias exuberantes. Existen dos vacunas en el mercado, la mencionada Cervarix, de GSK, y Gardasil, del laboratorio Merck. Aunque no cuento con datos suficientes, Merck ganó, en 2007, gracias a Gardasil, mil 500 millones de dólares. Las ganancias no corren en el mismo camino que algunas de las dudas expresadas por expertos ajenos a las compañías.
La infección por VPH cohabita con nuestra especie “desde siempre”; es una infección muy frecuente, pues hasta 80 por ciento de la población mundial la padece en algún momento y es la infección de transmisión sexual más común. Existen más de 100 cepas (subtipos) de las cuales la 16 y 18 producen o permiten el desarrollo de 70 por ciento de los casos de cáncer cérvico uterino. Las dos vacunas mencionadas actúan contra esas cepas, es decir, al menos desde el punto de vista teórico podrían prevenir la aparición de esa malignidad. En la mayoría de los casos –las cifras varían entre 70 y 85 por ciento– el sistema inmunológico controla y elimina la infección por VPH, es decir, es una infección autolimitada (“la cura el propio cuerpo”). Y lo ya dicho: habrá que aguardar 25 años para saber si evitarán el cáncer cérvico uterino; agrego otro dato: por lo menos 30 por ciento de los casos de cáncer no guardan relación con las cepas contra las que actúan las vacunas.
Crucial en este contexto es la prevención. El cáncer de marras es propio de los países pobres. En México representa el mayor porcentaje (14) de las muertes por cáncer en mujeres, mientras que en Europa y Estados Unidos la frecuencia ha disminuido considerablemente. Es decir, es una enfermedad de la pobreza. Países pobres (lo siento por el dislate: y corruptos) deben invertir más en la prevención (prueba de Papanicolau) que en la compra de esas vacunas. En ese tamiz, educar es mejor que gastar el dinero en la vacuna más cara de la historia de la medicina. Recuerdo un grafiti en una isla caribeña golpeada por el sida: “If you think education is expensive try ignorance”.
Las farmacéuticas hacedoras de las vacunas contra el VPH deben ceñirse a la ética. No pueden vender ni lucrar a costa de la ignorancia. La población merece otro trato y los médicos otra información. Los primeros no son clientes; los segundos no son esbirros. La lealtad a la ética debería ser el motto de las farmacéuticas. Muchas de las preguntas no resueltas en relación con sus vacunas deben llegar a la opinión pública y a los médicos.